Never Say When: 30 Years of Broken Flag (The Dome, 4 a 7 de mayo de 2012)

Never Say When fue un festival organizado por Steve Underwood (Harbinger Sound) y Peter Johnstone (Second Layer) para conmemorar los treinta años de la fundación de la disquera inglesa Broken Flag, propiciadora del surgimiento de una de las más importantes y primordiales escenas post-industriales internacionales. Solamente para sugerir el alcance que logró a pesar de su modesta red de distribución y lo precarios de sus medios, cabe mencionar que algunos de los más fundamentales y primeros trabajos de artistas como Maurizio Bianchi (“Symphony for a Genocide,” 1983), Toll (“Christ Knows,” 1986), Controlled Bleeding (“Distress Signals,” 1984) y Mauthausen Orchestra (“Conflict,” 1983)-entre otros que omito en estos momentos para evitar redundar- fueron publicados por Broken Flag.

El proyecto de Never Say When parecía extremadamente ambicioso desde un principio: su objetivo era reunir a proyectos que apenas se habían presentado esporádicamente en los últimos años con algunos artistas emblemáticos de la escena actual. Su programa presentó a más de una veintena de artistas en apenas tres días y el grueso del evento recayó, como era de esperarse, sobre el fundador de la disquera, Gary Mundy, y algunos de sus más cercanos colaboradores, Anthony di Franco y Phillip Best, quienes presentarían por separado a cada uno de sus proyectos durante el festival y terminarían reuniéndose bajo el nombre de Ramleh.

Ramleh, una de las leyendas del power electronics, seguidores inmediatos de Whitehouse y Come Organisation, apenas vieron su legado sobrevivir a través de los años gracias al culto, los bootlegs —algunos sumamente costosos— y las escasas ediciones constantes de su material, tales como los tres volúmenes de “We Created, Let’s Take It Over” editados por Pure. En general, algo parecido podría decirse del acervo de Broken Flag, cuyos trabajos se encuentran actualmente confinados a la disponibilidad de una serie de recientes antologías y reediciones (cabe mencionar la fascinante y extensísima colección “Broken Flag: A Retrospective 1982-1985” puesta en circulación por Vinyl On Demand inicialmente en vinilo y hoy reeditada en formato de cd). El material original de esta disquera se encuentra efectivamente extinto, alcanzando sumas considerables en subastas y ventas directas (hay una versión original de “Awake!” disponible en discogs por la moderada suma de 895 libras esterlinas) y sus discos son sin duda, algunos de los que tienen bootlegs más costosos y rasgos más fácilmente falsificables.

Alinéandose sónicamente a la par de la experiencia personal de su creador, Broken Flag vio su trayectoria desviarse radicalmente durante sus seis años de historia, ofreciendo un refugio a una gran gama de artistas con sonidos igualmente variables, como pudo observarse efectivamente en este festival/homenaje. Desde las propuestas más recalcitrantes hasta las más rítmicamente contagiosas tuvieron cabida en esta celebración. Por supuesto, hablar de este evento exige considerar su contexto; Londres, ciudad cosmopolita repleta de seguridad y alienación individualista, resultó un marco costosísimo, difícil de transitar y ridículamente contradictorio con respecto al de los legendarios, decadentes años que vieron nacer a Broken Flag.

Londres, como la Ciudad de México, es grande y caótica; el marco temporal del evento coincidió además con el llamado Bank Holiday y una serie de reparaciones pre-Juegos Olímpicos a las líneas del tren y metro, lo cual dificultó aun más el tránsito, haciendo un asunto bastante complicado calcular salidas y llegadas. Milagrosamente alcanzamos a llegar a la hora indicada a la entrada de The Dome el primer día del festival, pero esto no sirvió de mucho. Tras hacer fila por más de una hora, nos enteramos que Sewer Election y Treriksröset ya habían tocado. La premura era hasta cierto punto comprensible; los organizadores tenían que dar tiempo suficiente para que las cinco bandas del cartel pudieran tocar. Sin embargo, no dejar que la gente que ya se encontraba fuera del recinto pasara fue un muy mal detalle. Al entrar Le Syndicat ya se encontraban sobre el escenario.

Día 1

Le Syndicat

Junto a Entre Vifs y Jean-Marc Vivenza, Le Syndicat representó la avanguardia del movimiento post-industrial francés durante la década de los ochentas. Su sonido característico, explorado en cintas como “Relikat,” “Schrage Musik” y “Corrumpate,” es extremadamente duro y abrasivo; no obstante, al momento de su regreso a finales de la década pasada, Le Syndicat parecía haberse metamorfoseado en un proyecto generador de  sonidos experimentales oníricos y collages sonoros  a través de recursos de secuenciación digital y sampleadores y loopers. Resultaba obvio que durante su presentación sería improbable escuchar algo similar al viejo Le Syndicat.

Lo que terminaron presentando, sin embargo, no tenía mucho que ver ni con lo uno ni con lo otro. Frecuencias graves y profundas, beats rotos, atmósferas cuidadosamente matizadas. La ejecución estuvo basada en la manipulación de tracks pregrabados y algo de laptopismo mezclado con el empleo de sintetizadores. No estuvo mal pero decididamente no se trató del mismo grupo que produjó las fundacionales muestras de ruido editadas por Broken Flag hace ya casi treinta años.

Con-Dom

La presentación de este proyecto era muy esperada y con justa razón. Con-Dom es uno de los pocos artistas post-industriales que aun poseen el poder de confundir y provocar plenamente, sobre todo a públicos como el de este festival, que en buena medida estaban poco familiarizados con su trabajo. Su artífice, Mike Dando, es un experto en la producción de un lenguaje artístico -oscuro y ambiguo- tan inestable, que lo ha hecho ser identificado como un extremista en más de un ocasión. Sus intensas apariciones en directo, documentadas principalmente en “Consumer Electronics #5” (L. White Records, 2005) y en el documental acerca del festival Art Demolition en Taiwan, no suavizan mucho su imagen. Intimidante e invasivo, Dando traspasa los tácitos límites de la relación espectador/artista, tocando, desafiando y hasta abusando de miembros de su público en estos documentos.

El set de Never Say When de Con-Dom adoleció en este aspecto, aunque esto no quiere decir que la provocación estuviera ausente durante su presentación; su actuación fue amenazante gracias a la presencia inquietante de Dando y a un perfecto equilibrio entre sonido y video. En términos aurales, si se puede hablar de old-school, su performance lo fue tanto como se puede llegar a serlo; Dando básicamente vocíferó sus líricas/consignas sobre las cintas que traía preparadas. Esta acción, en apariencia tan sencilla, tuvo la función de enganchar los crípticos contenidos líricos y la áspera electrónica de Dando con sus abrumadoras proyecciones —repletas de imágenes de violencia, conflictos raciales y ejecuciones. Su contundencia y su desempeño como performer, clavando su mirada en el público y moviéndose furtivamente a través del escenario, hicieron a su presentación una de las más vigorosas e intensas de todo el festival.

Skullflower

Había mucha especulación respecto a la presentación de Skullflower. Cabe recordar que la relativamente reciente resurrección de este clásico combo de noise rock ha generado gran inquietud en las —consabidamente reaccionarias— huestes del fanatismo noisero; mientras que muchos opinan que la actual versión de esta banda no es sino uno más de los proyectos de Matthew Bower y que éste no debería estar utilizando el nombre de Skullflower, otros celebran esta suerte de actualización. El hecho es que desde que Skullflower comenzó aquel extenso retiro en 1996 —y aun antes— su contundente sonido inicial ya había comenzando a mutar, permitiendo que permearan trazas de jazz, free-improv y drone en su composición, lo cual concluyó alejando a muchos de sus primeros seguidores. Siendo el tema de este festival la celebración del legado de Broken Flag y dado que los trabajos que Skullflower editó bajo este sello —el E.P. “Birthdeath” (1988) y el LP “Form Destroyer” (1989) son considerados piedras angulares en su rubro—, se rumoraba fuertemente la posibilidad de que Skullflower interpretara algunos de los temas contenidos en éstos, e incluso que los demás miembros fundadores, Stuart Dennison y Stefan Jaworzin, podrían conformar la alineación de la noche.

Sin embargo, a la llegada de la banda al escenario, quedó claro que tal no sería el caso; la alineación de la banda estaría conformada por Bower y la adición de algunos otros músicos considerablemente más jóvenes, y a pesar de que había ecos de temas clásicos en sus incursiones sónicas, sería sumamente difícil decir con certeza que se trató de éstos. La naturaleza propia del trabajo de Skullflower hace prácticamente imposible señalar con exactitud el desarrollo de un tema. Si lo eran o no terminó resultando totalmente irrelevante, ya que los dos cortes que presentaron terminaron siendo dos mastodónticas piezas repletas de incertidumbre. Sin cohesión y sin una comunicación clara entre los integrantes, esta alineación de Skullflower se dedicó a extenderse más y más con apenas la base de los repetitivos fraseos de Lee Stokoe y Samantha Davis sirviendo como frágil red. Sobra decir que Jaworzyn no estaba allí. Con esto no quiero decir que su recital haya sido malo; cuando lograban conectar sonaban como una jodida bestia infernal. Lo que sí se debe señalar es que la de Skullflower fue decididamente la presentación más débil de la jornada y una de las más decepcionantes de todo el festival, desgraciadamente; incluso sin tomar en cuenta las expectativas.

Lo fallido de la presentación de Skullflower ilustró una teoría vuelta hecho: cuando la fuerza de la espontaneidad falla, no queda mucho que valga la pena si se opta perseguir el sendero de la improvisación. Desafortunadamente, Never Say When no era lugar donde probar la validez de esta hipótesis.

Ramleh (p.e. set)

La orden directa de Gary Mundy al subir al escenario fue la de subir el volúmen. Más que ninguna otra banda hasta ese momento, Ramleh desgarró con violencia los tímpanos del público reunido en The Dome. Interpretando temas clásicos desde una nueva —por su insistente uso de la electrónica digital— y muy contundente óptica, Ramleh sonaron claros y directos en demasía, algo curioso considerando que las producciones iniciales de la banda siempre fueron sucias y crudas. El bajo de DiFranco ensanchaba el espectro aural violentamente, extendiéndose hasta puntos francamente ridículos y haciendo vibrar cada molécula del lugar en frenesí, mientras la electrónica y las vocales —a veces fallidas en el intercambio de canal limpio a modificado— del gigantesco Mundy crujían en los oídos de los espectadores. El de Ramleh fue un set que, a pesar de que inegablemente tuvo sus bemoles, resultó intensamente sorprendente e indudablemente uno de los más memorables de todo el festival.

s.s + Nancy Molina (fotos)